La fronda contra Trump

Woodward retrata en Miedo la resistencia de altos cargos de la Casa Blanca a las ideas fijas y los erráticos caprichos de un magnate que chapotea en la mentira

El ultraderechista Steve Bannon se reunió por primera vez con el magnate Donald Trump en agosto de 2010. Su objetivo era evaluar el perfil político de Trump, quien había comenzado a coquetear con la idea de aspirar al sillón de la Casa Blanca. Durante la reunión, a Bannon le quedó claro que el hombre que se había subido a la bancarrota como forma de riqueza -iba por la sexta- tenía tres escollos insalvables para una candidatura republicana: no era antiabortista, no había votado casi nunca y el 80% de sus donaciones habían ido a parar a manos demócratas. La conclusión de Bannon fue tajante: “Ha sido una pérdida de tiempo. Me lo he pasado de cojones, pero no hay ninguna posibilidad de que este tío llegue a las presidenciales”. Seis años después, Bannon se hacía cargo de la campaña de un Trump que ya había ganado las primarias. Cinco meses más tarde, Trump juraba como 45.º presidente de EE UU y Bannon se instalaba en el Ala Oeste como jefe de Estrategia.

La anécdota se narra en las primeras páginas de Miedo. Trump en la Casa Blanca, volumen en el que el periodista Bob Woodward, de 75 años, analiza los primeros quince meses de la presidencia del magnate. Quedan, pues, fuera de su marco cronológico hechos como la cumbre de Singapur con el norcoreano Kim, las guerras comerciales, el asesinato del periodista Khashoggi o la “ola azul” de las recientes legislativas. Para jóvenes y olvidadizos, cabe recordar que Woodward fue quien, junto a Carl Bernstein y desde las páginas de The Washington Post, sirvió de canal para desvelar un caso de espionaje al Partido Demócrata, el “Watergate”, que, muy mal gestionado por la Casa Blanca, desembocó en la dimisión del presidente republicano Richard Nixon en 1974.

Miedo. Trump en la Casa Blanca

Roca, 454 páginas
20,90 euros

Miedo, que salió a la calle en EE UU el pasado 11 de septiembre, ha sido traducido al castellano en un tiempo récord. La verdad es que el resultado final se resiente algo de esta premura: o bien es obra colectiva y al menos una de las manos no va fina, o bien el titánico truchimán ha sufrido alguna que otra pájara que, en especial en el capítulo 9, hace bueno el nombre de la firma encargada de la versión, Traducciones Imposibles. Súmese cierta falta de familiaridad con el lenguaje político y económico español -la guinda es el empeño en hablar siempre de impuestos y nunca de aranceles al aludir a las guerras comerciales- y el lector entenderá por qué a veces se despista ante un texto que, no obstante, tiene sobrada calidad para sobrevivir a esos deslices.

Woodward saltó a la arena con Miedo nueve meses después de que lo hiciera el también periodista Michael Wolff con Fuego y furia. En las entrañas de la Casa Blanca. En aquellas páginas -que deberían ser leídas antes de abordar Miedo-, Wolff, que pasó días mimetizado con los pasillos de la residencia presidencial, desnudaba el caos y las guerras de camarillas imperantes en los primeros nueve meses del mandato de Trump. Personajes como el intrigante Bannon, siempre en cortocircuito con Ivanka, la hija de Trump, y con su marido, Jared Kushner -incontrolable pareja de asesores centristas dedicados a desarbolar la agenda del agotado jefe de gabinete, Reince Priebus– fueron retratados por Wolff con maestría a la cabeza de un amplio elenco descrito con mucha perspicacia. Todos ellos bailaban sobre la cuerda cada vez más floja de la investigación de la trama rusa, la supuesta conspiración entre el equipo de campaña de Trump y el Kremlin para perjudicar a Hillary Clinton en las elecciones de 2016. Y todos ellos desfilaban ante el telón de fondo de un Trump autista entregado a devorar hamburguesas, empacharse de televisión y vomitar tuits contra la prensa y las agencias de inteligencia mientras sus colaboradores lo tachaban de imbécil entre bambalinas.

Aunque Trump pretendió desacreditar el libro de Wolff como un cúmulo de mentiras servidas por fuentes interesadas -con el Bannon defenestrado en agosto de 2017 como primerísima garganta insondable-, lo cierto es que, casi un año después, su relato sobrevive con salud. Más aún, en sus líneas se prefiguraban con acierto los nombramientos que ha propiciado después el continuo carrusel de dimisiones y despidos que ameniza la fiesta de Trump. De modo que, a la hora de concebir su libro, Woodward puso el foco en otros personajes: los que alarmados por la sensación de sentirse cada día “al borde del precipicio” decidieron conspirar para impedir el desastre. Son la fronda, la resistencia interna de altos cargos que, mediante alianzas puntuales ante cuestiones concretas, han intentado evitar que la ignorancia y las ideas fijas de Trump se plasmaran en los disparates esperables de un niñato setentón que se encasquilla en obsesiones como “los generales no entienden de negocios”. Encarrilar la crisis norcoreana ha sido uno de sus éxitos. La guerra de los aranceles o la amenazante deriva adquirida por la investigación de la trama rusa figuran entre sus fracasos.

Aburrido, Trump garabatea en una reunión: "El comercio es malo"

La óptica elegida por Woodward hace que Miedo, donde a veces se echa en falta contexto, tome como ejes algunas políticas sectoriales, en particular la defensa, la economía y la inmigración, además de los vaivenes de la trama rusa. Ejes que se corresponden con los tres pilares sobre los que Bannon construyó la recta final de la campaña: acabar con la inmigración ilegal y restringir la legal, recuperar empleo fabril con proteccionismo y abandonar las “guerras inútiles”. Por estas avenidas desfilan personajes que Wolff apenas había frecuentado, como el trío de generales ( McMaster, Mattis, Kelly) que desde sus puestos de consejero de Seguridad Nacional, secretario de Defensa y jefe de Gabinete logran, en unión del secretario de Estado, Rex Tillerson, poner cierto orden en el desbarajuste, aun peleándose entre ellos. Repárese en que, de los cuatro, sólo el impasible Mattis sigue en su cargo. A través de él, los lectores accederán a las claves de la alianza con la Arabia del “descuartizador” Bin Salmán, la salida del pacto nuclear iraní, el calibre de la amenaza norcoreana o los recovecos del laberinto afgano.

También tienen rango estelar el principal asesor económico de la Casa Blanca, Gary Cohn, expresidente de Goldman Sachs, y Mark Dowd, el abogado al que recurre Trump cuando atisba que la trama rusa le exige refuerzos legales. Cohn, un demócrata librecambista y defensor de la libre inmigración como mano de obra barata, protagoniza, en alianza con el secretario del Gabinete, Rob Porter, algunas de las escenas más impresionantes de Miedo. Por ejemplo, las que revelan la supina ignorancia macroeconómica de un autárquico Trump que garabatea aburrido en una reunión: “El comercio es malo”. O, cumbre del volumen que Woodward sitúa como prólogo, la escena en la que Cohn sustrae del escritorio presidencial el borrador de una carta que comunica a Corea del Sur la denuncia del tratado bilateral de comercio. Trump, quejoso de que el acuerdo arroje un déficit para EE UU, no entiende que el pacto de comercio es sólo el envoltorio de un complejo entramado militar y de inteligencia que, entre otras cosas, permite detectar en siete segundos un misil norcoreano. La alternativa más favorable, la detección desde Alaska, eleva el plazo a quince minutos.

El abogado Dowd resulta, en fin, esclarecedor sobre los primeros meses de la investigación de la trama rusa. Convencido de que el fiscal Mueller -a menos que alguien cante, como al fin ha ocurrido- no tiene pruebas de conspiración ni puede elevar a obstrucción a la justicia el cese del director del FBI, Dowd insiste en que Trump rechace ser interrogado. Veterano leguleyo, intuye que el magnate se contradirá en el interrogatorio y brindará a Mueller la ocasión de acusarlo de perjurio. Porque, aunque no se lo dirá a la cara, sabe que el presidente de EE UU es, sencillamente, “un mentiroso de mierda”.

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