València exclusión social

Al ‘abrigo’ de la calle

La Policía Local de València inicia la Operación Frío, con reparto de mantas entre quienes prefieren seguir durmiendo en la calle cuando los termómetros se desploman

Piense en el invierno. Bajar las mantas del altillo y envolverse en ellas. Acercarse al calor del radiador o una mascota tumbada a los pies que mantiene la temperatura corporal a raya. Imagine ahora que las mantas no las baja del altillo, que son dos agentes policiales los que se acercan en plena noche al callejón en el que se encuentra durmiendo. Que las luces del coche patrulla le despiertan y unos desconocidos le preguntan si se encuentra bien o si necesita algo, quizás una manta más. Acepta. Imagine ahora que le preguntan si prefiere ir a un albergue. Espacios donde niegan la entrada al perro que tiene tumbado a sus pies calmando el frío o donde le separan de su pareja.

La mayoría, como es habitual, se niega. Deciden seguir en la calle pese a las bajas temperaturas. Algunos incluso en el antiguo cauce del Túria, donde el termómetro cae hasta dos o tres grados, pero se sienten más seguros.

Es el día a día de cientos de personas que viven en la calle en la ciudad de València y que, para resguardarse del frío, cuentan únicamente con la ayuda humanitaria de cinco entidades no gubernamentales y con el trabajo que la Policía Local de València realiza cada año.

Son las once menos cuarto de la noche y la primera patrulla sale de la unidad centralizada del distrito de Abastos. Les siguen otras 23 patrullas más (20 de la unidad central) y la X-4. Esta última es la única patrulla especializada en cuidar a las personas que viven en situación de calle, las demás son nocturnas que, además de su trabajo habitual, atienden a todo aquel que les pida ayuda. Forman parte de la denominada Operación Frío, una campaña que se inicia con la primera ola polar (este año en noviembre) y que no cesa hasta que, en febrero, el invierno pasa de largo (haga más o menos frío).

Nueve mantas en un día

La campaña para atender a quienes prefieren dormir en la calle se lleva a cabo cada año. Esta temporada comenzó el mes pasado, cuando se empezaron a repartir las primeras mantas. «Es cuando más las necesitan, porque de un año a otro las guardan, pero solo hasta que llega el verano», explica el intendente de la Policía Local Diego Cintrano.

«Después -añade- se deshacen de ellas para no cargar con más cosas de la cuenta durante el verano». Es por ello que durante la noche del jueves únicamente se llegaron a repartir nueve mantas en toda la ciudad. «Ahora ya están prácticamente abastecidos», explica Cintrano, mientras él y su compañero Jesús Ruiz se acercan a una de las zonas donde el grupo de personas sin hogar es mayor.

Se trata de una callejuela a la altura de Guillem de Castro, junto a las Torres de Quart. En el lugar, siete personas duermen entre colchones y cartones con los que reducir la sensación de frío. Y con Coco, un perro de cinco años que les hace compañía y por el que renuncian a la posibilidad de entrar en un albergue.

400
personas pernoctan en las calles de València
106
Plazas de albergue en el 'Cap i casal'
11
Centros de Servicios Sociales
5
ONG colaboran en la atención a las personas sin techo

Cintrano y Ruiz deciden aparcar el coche patrulla no muy cerca de ellos para evitar, en la medida de lo posible, causarles más molestias. Ya se conocen y los saludos son afables. Por eso al acercarse y ver que una de sus compañeras no se encontraba con ellos (es la única mujer en todo el grupo), Cintrano les preguntó, algo inquieto, si le había ocurrido algo. Unos minutos más tarde, ella aparecía por detrás. Estaba con su hija, «nada grave», indica mientras les sonríe y les da las gracias.

El día anterior, la patrulla le había dejado una cesta de Navidad. Los turrones y demás embutidos que llevaba dentro los repartió entre sus compañeros poniendo una pastilla de dulces en los pies de cada uno. Un gesto de solidaridad entre quienes ya no tienen nada más que los unos a los otros.

Robos constantes

Mucho sufren hurtos de las pocas pertenencias que les quedan. Por eso los hay que encuentran refugio en las vigas que sujetan la parte inferior de los puentes del antiguo cauce del Túria (a tres metros sobre el suelo). Otros se defienden entre ellos.

María Lourdes lleva un año viviendo bajo el Puente de las Glorias Valencianas. Tiene 43 años y trabajaba como limpiadora, hasta que perdió su empleo. «No pude pagar el alquiler de la habitación y los dueños decidieron que era mejor echarme», narra, siempre con una sonrisa en la boca. Tiene en sus manos un bocadillo que atesora como una joya. Alguien que pasó junto a ella se lo dio, explica mientras mordisquea lentamente su regalo.

«Ahora es cuando más necesitan las mantas, porque de un año a otro las guardan, pero solo hasta que llega el verano»
Diego Cintrano
Intendente de la Policía Local de València

María Lourdes espera a su pareja, a la que conoció en la calle y con la que ya lleva 10 meses. «No llega hasta las cuatro porque está buscando una casa donde podamos vivir», reconoce María Lourdes que ha decorado el espacio en el que duermen como si fuera una habitación de matrimonio «porque esta ya es mi casa».

No acceden a pasar la noche en un albergue porque eso supondría separarse de su compañero, pero acepta emocionada (aunque al principio un poco reservada) la tercera manta que los agentes le proporcionan.

Algunas veces, indica, pasa miedo hasta que llega su pareja. «Se acercan a mí, me molestan, intentan quitarme las mantas y ya me han robado dos veces el móvil, pero yo sé defenderme», asegura. Cuando actúan con más violencia les «para los pies» un hombre que duerme cerca de ella. «Más de una vez se ha levantado para decirles que me dejen en paz o llamaríamos a la policía», reconoce mientras agradece con pequeños saltos de alegría esa tercera manta.

En otros casos, el motivo por el que no pueden acceder a un albergue es meramente administrativo. Es imprescindible estar empadronados en la ciudad y Simón, que duerme desde hace un año en la puerta de la FNAC, ha pasado toda su vida en Benidorm. «Hay muchas ambigüedades burocráticas», advierte Simón rodeado de libros. «Voy a la biblioteca municipal o los cojo de la sede de Accem», indica Simón, que ‘mata’ el tiempo leyendo y paseando. Ahora, dice, lo «único» que necesita es un café.

En busca de soluciones

Jorge, sin embargo, tiene ensombrecida la mirada. Vive cerca del Jardín Botánico, donde más de una docena de personas tiene su hogar en la calle, en un callejón sin salida donde han colgado de un árbol un muñeco de Papá Noel y han recreado incluso una sala de estar con un par de sillas y una mesa recogidas de la basura. También tienen galletas que organizaciones cristianas les llevan cada día (junto a tiendas de campaña y sacos de dormir que resisten hasta cinco grados bajo cero).

«Se acercan a mí, me molestan, intentan quitarme las mantas y ya me han robado dos veces el móvil, pero yo sé defenderme»
María Lourdes, 43 años

Jorge tenía trabajo, casa, mujer y una hija (ahora tiene 19 años). Era jefe de ventas en una conocida marca de medias de mujer. «Cobraba 100.000 euros al año, tenía un barco en el puerto de València, vivía en la cima…», explica Jorge, quien añade que «un día me levanté y era el tío más cojonudo del mundo, al día siguiente no era nadie».

La drogacción tras la depresión que le acarreó la separación de su mujer fue el detonante que provocó que Jorge acabase en la calle. «En invierno es peor, claro, hace más frío, llueve… -reconoce-, pero no es una cuestión de invierno o verano, sino de no saber si mañana despertarás o no, si tendrás una crisis, si te drogarás, si vendrá alguien y me romperá la cabeza… Mi vida es ahora esto y es horrible».

«¿La gente se cree que nos gusta estar aquí? Todos nosotros tenemos un problema, nadie quiere vivir en la calle, estamos aquí por algo», indica Jorge mientras señala al hombre que ‘vive’ frente a él: «Este señor tiene dos carreras y está aquí».

Reconoce que «es difícil» saber cuáles son las necesidades de cada uno, pero advierte que «un piso y una pensión de 300 euros no son la solución», aunque mientras «siga en la calle es imposible salir de la droga».

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